El Pilar del Camino

El Pilar del Camino

El milagro de la Virgen del Pilar

El Pilar del Camino

Crónicas del Alba y las Estrellas

Cuentan los viejos peregrinos que el Camino de Santiago no se mide solo en leguas o llanuras, sino en los hilos invisibles de la memoria y la gratitud. Una tarde de confidencias, al abrigo del recuerdo, el anciano padre de un gran amigo me abrió las puertas de su infancia para regalarme un retazo de su propia historia. Me confesó que, siendo apenas un zagal, su padre lo había llevado en un viaje sagrado hasta Zaragoza, en cumplimiento de una promesa de salud.

Al escucharlo, me quedé un tanto descolocado. ¿Por qué emprender una travesía tan larga hasta las orillas del Ebro, ignorando las innumerables vírgenes que poblaban las ermitas y altares de nuestras propias tierras? Fue entonces cuando aquel buen hombre me ofreció una explicación tan hermosa y sencilla que, desde aquel instante, el misterio de las devociones se me reveló como un todo luminoso; una verdad que tal vez muchos ya intuían, pero en la que yo jamás había reparado.

La historia de aquel viaje comenzó en los días oscuros de una enfermedad pertinaz. Al principio, su padre pensó que se trataría de unas fiebres pasajeras, de esas calenturas ligeras que se desvanecían con un par de jornadas de reposo en la cama, algún sangrado oportuno y un puñado de hierbas medicinales. Eran los remedios de la botica familiar, los mismos que su madre guardaba con celo y que solían aliviar todos los males del hogar. Pero el tiempo pasaba y mi salud no mejoraba; al contrario, el mal empezó a adueñarse de mis piernas, primero entorpeciendo mis pasos y después sumiéndolas en una callada parálisis.

Eran tiempos duros, aquellos en los que no existían los términos medios: o se estaba sano, o la sombra de la muerte aguardaba a la vuelta de la esquina. Viendo flaquear la vida de su hijo, mi padre no se lo pensó dos veces. Reunió sus escasos dineros, preparó el carro y lo condujo ante el mejor doctor de la ciudad, que en aquellos años tampoco dejaba mucho espacio para elegir. El galeno me examinó y, con una rapidez tan clara como desgarradora, sentenció: «Esto solo lo puede solucionar un milagro».

Aquel veredicto cayó sobre el pecho del padre como una losa de piedra. Yo un muchacho, desde mi camastro, mire a aquel hombre recio con todo el dolor del mundo.

Pero su padre, el hombre al que conocía desde que tuve uso de razón, poseía una voluntad forjada en el acero de la adversidad; era de los que jamás se rendían, de los que sacaban fuerzas de donde no las había para luchar contra el destino. Aquella frase lapidaria del médico, lejos de amedrentarlo, la tomó al pie de la letra. Con voz firme, preguntó una y otra vez: «Pero ese milagro… ¿quién lo puede obrar? ¿A quién debo pedírselo?».

Buscando tal vez una respuesta que aliviara la insistencia del desesperado progenitor, el doctor contestó con sencillez: «La Virgen. Solo Ella. La Virgen María».

Sin perder un solo segundo, mi padre me subió de nuevo al carro. Mientras regresabamos, sus ojos fijos en el horizonte delataban un torbellino de pensamientos. ¿Dónde moraba aquella Virgen única de la que hablaba el médico? En su mente repetía los nombres de los altares cercanos: la Virgen del Lidón que guardaba a Castellón, la Virgen de Gracia en Villarreal, la de la Soledad en Nules, o la santa Quiteria que protegía a Almazora… Ante semejante constelación de nombres y devociones locales, el buen hombre se hallaba confuso, sin saber a cuál de ellas encomendar la salvación de su hijo.

Decidió entonces acudir al párroco del pueblo. Con el corazón en un puño, le preguntó cuál de todas las imágenes era la más principal, aquella a la que debía dirigir sus ruegos con mayor presteza. El anciano sacerdote se vio ante el tierno dilema de explicarle que todas las vírgenes eran, en verdad, una sola alma y un solo rostro: el de la Madre de Jesús. El desconcierto de mi padre fue total; su mente recta de labrador no alcanzaba a comprender cómo pedir auxilio por su hijo repartiendo la fe entre tantos nombres distintos. Buscando el hilo de la verdad, volvió a inquirir: «Pero de todas ellas, párroco… ¿cuál es la primera? ¿Cuál es la que encarna el origen de la Virgen María?».

Al sacerdote no le quedó más remedio que sonreír con ternura y relatarle la antigua crónica que hoy os transmito a vosotros. Cuentan los viejos pergaminos que, cuando el apóstol Santiago recorría las tierras de Hispania siguiendo el mandato de llevar las enseñanzas del Maestro hasta los confines de la tierra, llegó a las riberas del Ebro, a la antigua Cesaraugusta romana. Eran los días en que viajar desde Judea requería abordar naves en puertos imperiales, costear la península itálica, desembarcar en la altiva Tarraco y remontar las aguas fluviales; una travesía de apenas tres semanas que convirtió a Zaragoza en la cuna de su predicación.

Sin embargo, las gentes de aquellas tierras se mostraban esquivas y poco inclinadas a escuchar la buena nueva. Santiago, abrumado por el desánimo y el peso de la soledad, cayó en una profunda melancolía, al punto de querer abandonar la misión y regresar a Palestina. Fue en una de aquellas noches de vigilia y meditación, junto al murmullo del río, cuando aconteció el prodigio: se le apareció María, la Madre de Jesús, envuelta en una claridad celestial, para reconfortar su espíritu y animarle a perseverar en su tarea.

Aquel encuentro tuvo una gracia singular y sublime: la Virgen se presentó sobre un pilar de piedra, y lo hizo estando aún viva en carne mortal en Jerusalén, siendo esta la más antigua e insólita de sus manifestaciones. «Por eso —concluyó el buen sacerdote—, si hay una Virgen que sea el origen y el pilar de nuestra fe en esta tierra, es la del Pilar de Zaragoza. Ella ha sostenido la esperanza de generaciones. Si queréis un milagro, encomendad el muchacho a su cuidado».

Mi padre escuchó la historia y, asiendo con fuerza la poca o mucha fe que atesoraba en el pecho, se entregó por entero a la promesa de aquella Virgen del Ebro. No sé si fue el bálsamo de los medicamentos o la inquebrantable determinación de aquel hombre que jamás dudó del cielo, pero el milagro floreció: mis piernas de niño recobraron el movimiento y la salud regresó al hogar como una mañana de primavera.

Cumplida la sanación, llegó la hora de la gratitud. Mi padre, con una mirada en la que no cabía réplica alguna, me dijo: «Hijo, es hora de ir a Zaragoza a dar las gracias». Como buen hijo, y porque en el fondo de mi ser comprendía la grandeza de las creencias de mi padre, aparejamos las caballerías. Montamos los dos en sendas mulas y, siguiendo los viejos senderos carreteros, cruzamos montes y llanos hasta postrarnos ante el Santo Pilar en la gran basílica aragonesa.

Aquel viaje de gratitud, emprendido por un niño y su padre a lomos de mula, se me grabó a fuego en la geografía del alma. Con el correr de los años, descubrimos que aquellos mismos senderos polvorientos que cruzamos en su día sirvieron para trazar y rescatar el Camino de Santiago Castellón-Bajo Aragón, uniendo nuestra tierra con Zaragoza. Son los kilómetros más sagrados para cualquier peregrino que parte desde nuestras comarcas: el itinerario que rememora el lugar exacto donde el Apóstol oró en Hispania y donde sus manos rozaron la piedra sagrada.

Es una historia hermosa, sin duda, pero por encima de todo es real. Nuestros antepasados supieron siempre que la Virgen del Pilar es el faro espiritual de nuestra tierra, y que la verdadera santidad reside en el pilar que sirvió de asiento al prodigio. Por esa razón, si entramos hoy en cualquiera de nuestras iglesias, encontraremos siempre, en una capilla discreta o en un rincón bendito, una imagen del Pilar, colocada allí por las manos de quienes, antes que nosotros, caminaron para dar las gracias.

 

Juanjo.

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